Sub-cabecera

Citado en el libro "De qué hablo cuando hablo de correr" H. Murakami

martes, 30 de septiembre de 2014

Soledad

Dice este estudio de Anxo Sánchez que en asuntos de cooperación, los adolescentes son impredecibles y los mayores - yo prefiero el término "viejos" - resultan ser buena gente.

Y de viejos va esta historia, en concreto de dos mujeres, o puede que tres, según se dé el relato.

La primera era diminuta, pequeñita y flaca con el moño apretado, zapatillas de felpa, bata oscura y cientos de miles de años. La cuidaba su hija, que ya había superado hacía mucho la edad de jubilarse. Tenía una sombra bajo los ojos, el cabello corto, las canas sin teñir desde hacía demasiado tiempo y una nota de ansiedad en la voz.
Abrió la puerta e invitó a la joven a pasar. Angustiada, le dio las gracias y se disculpó a un tiempo. No tardaría mucho, solo tenía que acercarse al mercado, y la abuela estaba tranquila...

Pasó la tarde. Sentadas en el pequeño cuarto del fondo, la anciana, en completo silencio, miraba el cuadro de la pared, mientras la joven se desesperaba por hacer algo útil. Cada rato se levantaba ligera como un pajarillo, y arrastrando los pies por el pasillo, llegaba a la cocina, bebía un sorbo de agua del vaso colocado en la esquina de la encimera y lo depositaba en dos tiempos: primero suave, al borde mismo, luego, un empujoncito de los dedos, lo salvaba milagrosamente de caer al suelo. Se giraba y con pasos cortos y silenciosos, volvía al sofá.
Oscureció y la anciana empezó a revolverse mirando a la ventana. La joven creyó que se asustaba al no ver a su hija y comenzó una retahíla de inútiles explicaciones que no obtenían respuesta alguna. Finalmente se le ocurrió preguntar: "¿quiere usted que eche las cortinas?" Y ocurrió el milagro: "Solo para que no estemos así, con tanto descaro".

Siguieron más tardes de viernes y la joven volvió a la casa. Llevaba libros y más humildad. Al acercarse al portal, miraba hacia arriba y veía a la hija tras los visillos, oteando la calle, con el bolso colgado. Le abría la puerta y salía, guapa y sonriente, a caminar con las amigas "que se lo había mandado el de cabecera".

Ellas se sentaban en el sofá del cuarto, la joven sacaba su novela y comenzaba a leer en voz alta. Cada rato la anciana giraba la cabeza,entonces, se detenía la lectura. Un sorbo de agua del vaso de la cocina, el de la esquina. Y cuando oscurecía, se echaban las cortinas, para no estar así, con tanto descaro.

La segunda era alta, una mujer que había sido muy guapa y aún retenía una belleza serena. Su marido no lo era: ni por dentro ni por fuera.
No supo que era diabética hasta que prácticamente perdió la vista. "Las mujeres ciegas han de ser dóciles", le decía él.
Pero una vez por semana, dejaba de serlo. Salían juntas de paseo caminando torpes: la vieja porque no sabía ser ciega y la joven porque no sabía guiarla. Sus ojos no tenían arreglo, pero su tristeza diaria sí. Así entre coca-cola light y coplas, se pasaba la tarde.

Y llegó el día en que quedó sola y la trasladaron a una residencia. A vivir, literalmente.

Ella seguía visitándola, al principio porque temía que estuviera asustada, luego, porque deseaba contemplar la maravilla. Esa maravilla que los viejos regalan, como regalan su sufrimiento, enseñándote todas las dimensiones de la vida.

Pongamos que él se llamaba Antonio y ella Lola. Pongamos que pasó como en la copla, y ese nombre, en sus labios, supo a amapola.
Sonrojada como una adolescente, se dejó guiar por el ciego experto y volvió a bailar, abrazando y siendo abrazada.
Fueron muy pocos años. Como era de esperar, ya no quisieron separarse mucho tiempo y cuando uno murió, la otra le siguió. Pero fueron años estupendos. A veces una tiene la fortuna de contemplar la justicia en la Tierra.

Efectivamente los jóvenes son impredecibles y los viejos, buena gente. Y es una magnífica combinación.


PD:  Este artículo forma parte del concurso de posts solidarios de los II Premios al Voluntariado Universitario  www.premiosvoluntariado.com

http://www.premiosvoluntariado.com/concurso-de-posts-solidarios-inspira-a-los-jovenes-a-mejorar-el-mundo/

lunes, 15 de septiembre de 2014

Meriendas

Dicen los expertos que deberíamos merendar toda la vida, que no es cosa de niños, que a los adultos nos conviene mantener este hábito de la infancia.
Yo meriendo, y es probable que sea la única comida que respete religiosamente.

En mi memoria, la merienda tiene un poder evocador tremendo, me traslada, cómo no, a la infancia, cuando llegaba a casa del colegio. Y eso era muy tarde.
Llegaba muerta de hambre porque mi parada era casi la última de la ruta, y era muy mala "comedora". No recuerdo nada que me gustara del menú escolar salvo el pan y la fruta. Así que, cuando bajaba con mis hermanas del autocar, corríamos a la tienda del "Señor Abad".

Para llegar al portal de casa, había que cruzar el soportal que comunicaba las dos plazas, un oscuro túnel donde acechaba el peligro pasadas las cinco y media, o eso nos parecía a nosotras. Era un trayecto que nos asustaba, y con esa intimidad respetuosa de los barrios de la niñez, el dueño del ultramarinos nos hacía pasar a través de su tienda que tenía acceso por ambos lados. Así, las niñas, llegábamos a salvo a casa.
El "señor Abad" era como el padrino de la película "La gran familia". Nos quería y conocía desde que habíamos nacido y nos ofrecía refugio cuando, por ejemplo, te perseguían los mayores para meterte un saltamontes vivo por la espalda. Entonces se asomaba a la puerta con su mandil blanco atado a la cintura, y contigo agarrada a la pierna, agitaba el puño amenazando a los abusones que se metían con chiquillas. También nos regalaba chocolatinas de nestlé cuando llegaba primero de mes y los vecinos abonaban la cuentas pendientes.
Tanto cariño y conocimiento tenía sus desventajas, como cuando le decías que te diera un donut y lo apuntara, que lo había dicho tu madre.
No colaba.
El "Señor Abad" sabía la hora a la que pasaba el autocar y, unos minutos antes, colocaba tres patatas junto a la resistencia de la pequeña estufa eléctrica que tenía tras el mostrador. Nosotras llegábamos, saludábamos a los clientes y él, sin detenernos, nos entregaba una patata asada con sal a cada una, envuelta en un pequeño trozo de papel albal.
Salíamos por la trastienda y en un periquete llegábamos al portal de casa. Era un momento maravilloso: la primera cosa desde el desayuno, que me comía con verdadero placer.

Pero la que de verdad me hizo merendar para siempre, fue mi abuela.

Era un ser excepcional. Cuando empecé a estudiar la carrera  ya éramos pocos en casa, y ella y yo pasábamos muchas tardes juntas.
Ella, con su tele, sus cabezaditas con el codo apoyado en la mesa o liando calcetines (niña, sepárame los azules y los negros que yo no los veo) y el eterno rosario pasillo arriba, pasillo abajo.
Yo, encerrada hora tras hora en el cuarto, tras la mesa de dibujo, con los pies apoyados en un taburete porque me colgaban desde la silla (niña, eso te tiene que gustar una barbaridad porque !ozú que no echas horas!). Su murmullo y la sombra que pasaba de manera regular tras el cristal de la puerta, marcaban el paso de la tarde (niña, si nací en el cuatro, ¿cuántos años tengo?).

En un determinado momento, el paso se hacía más lento, el sonido del rosario se detenía, se abría la puerta y asomaba la cabeza diciendo: niña, ¿no me pondrías tú un descafeinado y unas galletas?
Eran las siete en punto.
Cada día a la misma hora, preparaba para ella la merienda. En un plato, ocho galletas maría, que contaba desconfiada (era diabética y sus galletas eran una licencia que defendía a capa y espada) y un descafeinado con leche hirviendo y dos de sacarina.
Me sentaba con ella un rato mientras bebía mi café con leche fría (niña, ¿tú no comes galletas?). Al terminar, ella volvía a su rosario y yo a mis dibujos.

Veinte años después sigo sintiendo la necesidad de un café con leche a eso de las siete. Mi abuela hace mucho que se fue, yo sigo merendando, de alguna forma, con ella.

domingo, 7 de septiembre de 2014

El todo y las partes o cómo los humanos queremos creer

Tras publicarse la entrevista a Monedero en El Mundo con declaraciones como:
'Podemos no va a ser la UCI de ningún partido del régimen del 78'
Leo en Twitter:
He aquí un caso de discriminación positiva con resultado de "desengaño"

Somos mucho más que ideología. A veces mejores, a veces peores, que los principios que creemos defender. El conflicto surge cuando se realiza la identificación "Los Míos" = "El Bien": aunque sea con matices, aunque discrepemos en detalles, somos El Bien.

¿Pero qué ocurre cuando pertenecer al mismo club no te garantiza la cooperación?

Que o bien no pertenecíais al mismo club, o el club no es lo que pensabas.

lunes, 1 de septiembre de 2014

Cuando elegir colegio implica cambiar el mundo

Acabo de leer un artículo en el periódico El País. Se llama "Lecciones contra el horror". Me ha impresionado tanto que inmediatamente he querido saber más.

He accedido a la fuente y estos 9 minutos de vídeo me han devuelto la esperanza.


Pensaba en cuando mi madre, caballa y católica (Ceuta), me contaba que sus mejores amigas de niña eran una musulmana y una judía. Cada una celebraba un día, cada una rezaba en una lengua, pero eran las mejores amigas jugando a los juegos comunes, las piedras, el truque...

Pensaba en lo estúpido que parece todo lo que veo por aquí: educar separando niños y niñas, hacer de la lengua un obstáculo en lugar de un puente, instrumentalizar la educación a través de la financiación.
Todo se resume en lo mismo:
la mediocridad de sociedades e individuos que utilizan el poder que la educación otorga para ahondar en las diferencias.

viernes, 29 de agosto de 2014

Conversación

"Me he dado cuenta de que he tardado 50 años en entender la historia de Lázaro.
Creo que se resume en esto: el amor, cura.
A Lázaro nadie le atribuye ningún mérito en esa historia, porque no lo tiene. Es de quien supo quererlo."
... ... ...
"¡Ya sé quién eres!
Eres el niño del cuento de El rey está desnudo.
Supongo que cuando lo gritó, pensó: la he cagado. Pero no pudo dejar de gritarlo. La honestidad obliga, pero para reconocerla, hay que conocerla. La honestidad es un don y una maldición que no todos tenemos."

                                                Una de las cuatro mujeres más inteligentes que probablemente conozcas.

miércoles, 27 de agosto de 2014

Amigas

No sé si a los hombres les pasa. No sé si es cosa de mujeres o es un tópico estúpido como tantos. Sí que conozco a mujeres que les sucede.
Necesitan ordenar sus armarios, sus rincones. Desprenderse de tantos trozos de cosas que se van acumulando con el paso de los días, en muebles y cajones.
Hay zonas de tu hogar que habitas, otras no.

Hay mujeres que se refugian en esas zonas y evitan las otras. Es en ellas donde arrinconan el caos.
Pueden no mirarlas, pueden incluso fingir que no existen. Y a veces pasa, que su espacio habitable se va reduciendo.
Hay mujeres que están rodeadas de personas que deberían quererlas. Incluso diríamos que las quieren, pero el interior del microondas donde calientan el café o la forma en que guardan el resto de carne picada que sobró, revelan que están solas.

Hay mujeres que se han acostumbrado a no ser queridas y el espacio que habitan, poco a poco, va menguando, hasta que se reduce al tamaño de un sofá.
Hay palabras amables cotidianas que son crueles,  castigos que se infligen como regalos, egoísmos que se disfrazan de preocupación.
A veces limpiar un suelo de rodillas hasta convertirlo de nuevo en un hogar, es un acto de amor. A veces encuentras hombres que lo intuyen.

viernes, 22 de agosto de 2014

Cuando sea mayor, quiero ser vieja

Mi madre no es una persona mayor, es vieja.
Cuando te refieres a ella - o a mi padre, santo de su devoción - con ese término tan correcto, tuerce el gesto y te interrumpe: "¡no somos mayores, somos viejos!"
Me encanta eso de ella, es como un pequeño acto de rebeldía, de mala leche, o de saber vivir.
Yo también quiero ser vieja.
Me gustan los viejos y me gustan los niños, entre una cosa y otra una suerte de edad indefinida, un proceso de adquisición de prejuicios que te va domesticando, hasta que, si lo haces bien, llega la vejez y logra que casi todo lo que te quitaba el sueño, te importe bastante poco. Entonces puedes vivir deprisa o despacio, pensando solo en el hoy porque hay muchas posibilidades de que no haya mañana.

Viejos y niños. Unos antes de las normas, otros después. Ambos mirando la vida desde los bordes.